“Recuérdame”, le dice una rubia misteriosa al detective Mike Hammer, y poco después la matan y tratan de matarlo también a él. La razón por la que debe recordarla se mantiene abstracta hasta los últimos diez minutos y cuando la descubre, en realidad sigue siendo un misterio. La estructura del film sigue el patrón característico de otros clásicos noir: el hilo de la trama lleva al protagonista de un episodio al otro mientras se suceden asesinatos y la acción corre el riesgo de volverse incomprensible. No importa. En cambio importa el tono dominante, que es el de la desesperación. Pero de una desesperación justificada, porque cuando la humanidad ha cometido ya todos los crímenes concebibles, sólo le falta hundirse alegremente en el infierno. El final fue, desde luego, un invento de Aldrich y su guionista A. I. Bezzerides, ya que el de la novela de Mickey Spillane era más predecible y concreto. En realidad habría que hablar de dos finales, ya que en Estados Unidos se vio uno y en el resto del mundo otro, aunque nunca quedaron claras las razones de esa peculiaridad. Por las dudas, la copia nueva que se exhibirá en esta ocasión tiene ambos finales, para que el espectador saque sus propias conclusiones. Se estrenó en Argentina con el título “El beso mortal”.