Son varias historias unidas por el marco temporal (todo ocurre un sábado, es obvio desde el título) pero sobre todo por el cine como lugar de encuentro policlasista. Las películas son lo de menos y sólo aparecen en las marquesinas. Importa el ritual pagano que parece inevitable para la sociedad porteña de entonces en su conjunto: el sábado hay que ir al cine. Y alrededor de esa fatalidad circulan muchachos y muchachas, Aída Luz (que parece recién salida de LOS TALLOS AMARGOS), un marido alienado incapaz de advertir lo que ocurre en su propia casa y hasta una familia que acaba de adquirir un televisor. La idea original fue de David Viñas y el guión lo escribió Ayala junto con Rodolfo Taboada, un autor popular sensible que sabía construir arquetipos porteños con economía de recursos (ver por ejemplo LA MURGA, de René Mugica, o LA CALESITA, de Hugo del Carril). El film tiene el mérito adicional de documentar un paisaje céntrico ya extinto, poblado de cines grandes como estadios, bautizados con nombres que prometían todo lo magnífico: Luxor, Monumental, Gran Casino, Broadway, Paramount…