Las obras pertenecen al período de la Nueva Figuración –grupo que cofundó en 1961 junto a Ernesto Deira, Rómulo Macció y Jorge de la Vega– y su búsqueda por superar la brecha entre figuración y abstracción a través estética que utilizaba todos los medios expresivos disponibles para crear un lenguaje propio. Prefiguran además las nociones que Noé desarrolló en su primer libro: Antiestética (1965), donde postuló al caos como estructura para comprender el amplio repertorio pictórico. El chorreado, el dibujo, el collage y los bastidores recortados se volvieron procedimientos urgentes para una producción que asumió la desmesura, el desequilibrio y la pérdida de centro como instancias constitutivas de la vitalidad.
Influenciado por su percepción de la realidad circundante y las luchas políticas en Argentina y el mundo, Noé vio el caos como «otro orden», una fuerza vital y generativa en permanente transformación. Esta «estética del caos» se refleja en su visión fragmentada del mundo en pos de un devenir constante y en la ruptura del concepto de unidad del cuadro. Noé cuestionó radicalmente la pintura tradicional utilizando collages, materiales ajenos a la tela, bastidores adosados, invertidos o recortados. Sus instalaciones extendieron la obra pictórica al espacio, buscando sumergir al espectador en el caos. También integró la escritura en sus obras, complementando su práctica visual con una profunda reflexión teórica.
“La conciencia de que yo sólo había asumido un caos con reaseguro, sumergido en una atmósfera envolvente, cuando el mundo que me rodeaba sólo me ofrecía como espectáculo tensiones y rupturas, me llevó a hablar de visión quebrada, cuadro dividido y, por primera vez de manera consciente, de la asunción del caos”, escribió el propio artista.
Más información en el sitio de la Fundación Noé.





