Diario
Cine

Tres preguntas
a Cecilia Kang

Directora de Mi último fracaso

Las sociedades actuales son multiculturales, complejas, híbridas... ¿cómo es la vida en Buenos Aires para vos que provenís de una familia extranjera? ¿Cuáles son las dificultades que todavía persisten en la integración? ¿Cómo es esa tensión entre la necesidad de mantener las tradiciones y la de adaptarlas a un ambiente distinto?

Siempre me vi habitando dos mundos distintos: el “coreano” y el “argentino”. De chica quizás lo tomaba como algo muy natural, la realidad de tener estos dos mundos separados. Sin embargo, a medida que crecía y empezaba a tener mayor curiosidad por cosas fuera de la colectividad, empezaba a entender que estos dos mundos, que para mí eran tan propios, quizás no eran tan parecidos o estaban unidos entre sí. Con el tiempo, y con la necesidad de unir estas dos partes de mi vida, empecé a confrontar cuestiones que me hacían ruido de una u otra faceta de mi vida. En el ejercicio de superponer o “naturalizar” ambos mundos como iguales, encontraba conflictos y problemas (diferencias culturales que a veces me hacían alejarme de un lugar o de otro). Es por ello que la realización de la película me ayudó muchísimo a nivel personal, porque gracias a ello podía justamente entender, aprehender, que ambos ámbitos eran distintos y que en esas diferencias tenía que encontrar cierto equilibrio. Es un ejercicio que realizo constantemente en mi vida. Es un trabajo diario, de aprendizaje. Mi ambición justamente es no renunciar a ninguna de las dos partes, pero eso a veces me hace sentir que no pertenezco ni a una ni a otra. Al mismo tiempo, soy de una generación en la colectividad coreana que carga con una gran herencia cultural de los padres. Mis padres, que llegaron a principios de los ochenta al país, son de una generación de una Corea de posguerra, muy sacrificada y golpeada. La decisión de venir a un lugar completamente distinto a sus raíces conlleva también un gran sentimiento de desarraigo. Ante esa adversidad, esa soledad, la única forma que tenían ellos para seguir construyendo sus vidas en su momento fue la de afianzarse en sus tradiciones, en aquellos aspectos culturales y sociales que los hacía coreanos. Son valores que quizás hoy en día se vuelven anticuados y hasta demasiado conservadores (aún para la propia sociedad coreana de hoy en día) y que en contraste con la vida que uno puede llevar acá en Argentina, pueden tener muchos puntos de choque. Cuando era adolescente esa herencia me pesaba mucho, me quería rebelar. No estaba de acuerdo ni del rol de la mujer en la colectividad, ni los mandatos (familiares, sociales) que supuestamente debía seguir. Tampoco entendía el por qué de esos mandatos, de dónde provenía esa necesidad de “no cambio”. Con el tiempo, fui comprendiendo las razones de mis padres, de la colectividad, y eso hizo que pudiera volver a relacionarme con mis raíces coreanas. Mi documento de identidad dice que soy argentina, aún cuando mis ojos engañan al otro que me ve, entonces para mí definir mi identidad y convivir con ello en una determinada sociedad es justamente una construcción, constante, cambiante. Un camino de aprendizaje y de búsqueda (que lo llevo en las cosas que hago o en el cine que me gustaría hacer) incansable, que seguramente me llevará a lo largo de la vida. Un poco como a todo el mundo le sucede, quizás en otro orden de cosas, pero en mi caso con el hecho de tener esta dualidad cultural.

Muchas películas del cine argentino actual están poniendo en primer plano las biografías y las historias personales de los directores. ¿Cómo ves ese fenómeno? ¿Te interesa particularmente ese tipo de cine?

Las películas en primera persona existen desde hace mucho tiempo. Desde los años 50 en adelante, se me ocurren muchas películas y autores a los que admiro y de los que trato de aprender. No me gusta llamarlo un género (porque la clasificación de las cosas me pone siempre un poco nerviosa) pero no creo tampoco que sea un fenómeno. Quizás lo que ocurre hoy en día es que el desarrollo tecnológico desaforado y la internet generan que proyectos así sean más visibles y se produzcan mucho más. Hoy en día cualquiera puede hacer una película (del tipo que sea) con una cámara propia y en su casa. De ahí que existan más proyectos en donde uno necesita hablar a partir de uno creo que es signo del presente en el que vivimos. Ese vacío existencial de la clase media frente a una sociedad capitalista, la invisibilización de conflictos sociales concretos debido a esa vida aletargada, las redes sociales que generan malas lecturas… Creo que no importan las razones del por qué, cuando veo una película en donde el realizador quiere hablar desde su propia persona, lo que exijo es que sea verdadero; al fin y al cabo, ninguna película buena (al menos para mí) habla de cosas “únicas”. Siempre son temas universales, que se repiten una y otra vez a lo largo de la historia, y lo que cambia entre una película y otra es justamente la mirada de quien lo cuenta, de cómo lo cuenta. Si esa mirada es honesta, a mí me basta. Personalmente, yo no considero que Mi último fracaso sea una película en primera persona, o menos aún una película autobiográfica. Si bien en ella participan mi hermana y mi familia, para mí esta película siempre fue sobre mujeres de la colectividad coreana acá en Buenos Aires. Quería hablar de las mujeres de la colectividad, no de mi vida o la vida de mi familia. Por supuesto que, inevitablemente, haciendo la película entendí que hablar de las mujeres de la colectividad era hablar de alguna forma de mí misma, y que al retratar a mi hermana como una de las protagonistas, yo también tenía que asumir mi rol, no sólo de directora, si no del lugar como persona (mujer coreano-argentina) que me tocaba en el film. Tenía que hacerme cargo del lugar que yo optaba tener. Es por eso que, si bien en un principio no tenía pensado estar delante de cámara, hacia el final del rodaje me daba cuenta que la única forma de “hacerme cargo” de ese lugar del que yo quería pararme para contar esta historia, era justamente poniéndome al lado de estas mujeres, y eso a veces implicaba que estuviera delante del dispositivo. Luego, personalmente no creo que me dé hacer una película autobiográfica, sería muy agotador emocionalmente para mí. Sí sé que todas las cosas que hago llevan consigo un fragmento de mi vida, de la vida de mi familia. Es el corazón que guía todos los proyectos que hago y eso es algo que realmente no decido deliberadamente. Me sale así, por más que no quiera. Parecerá un poco repetitivo, pero bueno, no sé por qué el deseo siempre me lleva a esos puntos de partida.

Mi último fracaso, de Cecilia Kang

La película se enfoca fundamentalmente en las historias de mujeres: ¿fue una decisión deliberada? En tal caso, ¿qué cualidad pensás que le otorga esa decisión a la película?

Creo que desde que empecé a estudiar cine (o mucho antes) tuve el sueño de hacer una película sobre la colectividad coreana de la cual era parte. Me pasaba de ver películas coreanas en festivales de cine y decir “guau… esto también me pasa a mí acá” y el hecho de que eso no fuera algo visible para la mayoría de la sociedad acá me incentivó a pensar esta película. Cuando empecé a escribir el proyecto me di cuenta de que la única forma de poder contar ese microuniverso era a través de una mirada que fuese el más cercano y conocido para mí. Teniendo tantas cosas que necesitaba o que quería retratar, la única forma ordenadora que encontraba viable era la de la mirada de la mujer, su rol en ese mundo. Siendo yo, mujer e hija de coreanos, ese lugar era para mí el más verdadero, el más honesto para plantear un punto de partida. A su vez, siendo Mi último fracaso un retrato de distintas mujeres, de porciones de sus vidas, para mí la elección de estos personajes era vital. Ya que todas (la profesora de arte Ran, mis amigas de la infancia y mi hermana) representaban o eran espejo de un montón de cuestiones que tanto admiraba o me generaban conflicto. Hablar de la mujer coreano-argentina era poder hablar de un montón de contradicciones que la propia colectividad reflejaba. Y también era una forma de problematizarlas, confrontarlas y atravesarlas. Sin embargo, nunca pensé la película desde un lugar de género. Simplemente era una película sobre mujeres, hecha desde un punto de vista de una mujer. Con el estreno del film y diversas críticas me di cuenta que otros la veían, o incluso la encasillaban, como una película sobre género, o la llamaban una película femenina. No sé por qué, pero esa definición me incomodaba. O me hacía preguntarme entonces qué significa lo femenino. ¿Desde el punto de vista de quién? O puesto de otra forma, ¿si mi película es femenina, qué película es masculina? Como ya mencioné anteriormente, me incomodan las etiquetas, pero esta aún me generaba una molestia. Sentía que en la necesidad de tener una mirada “progre”, algunas voces (¿“masculinas”?) se iban para el otro lado. Generaban malas lecturas. O me hacían sentir que mi película era simplemente eso, cuando en realidad lo que intenta hacer esta película (como tantas otras obras en el mundo) es hablar sobre personas, sobre fragmentos de vidas y los muchos matices que ello contiene. Supongo que también eso se debe también a que es un tema que está en boca de muchos hoy en día, con muchas movilizaciones de agrupaciones en todo el mundo. Si, lamentablemente, aún vivimos en un mundo de hombres. La diferencia de género existe, es una realidad muy triste. Pero es una lucha que empezó mucho antes y que se debe seguir, pero no como fenómeno o “trending topic”. No es algo que se reduce a un hashtag. En lo ideal, debería ser un cambio en el orden de toda la sociedad occidental de la cual somos parte (ni hablemos de la sociedad oriental porque eso es otro tema muy diferente). Ya el hecho de categorizar una película como femenina es para mí un lugar que no me representa. No es que niegue mi femineidad, al contrario, la tomo como quien soy. Pero marcar eso como rasgo distintivo y no ver más allá es lo que me hace sentir incomodidad. No sé si se entenderá lo que quiero expresar, pero es un intento, que trato de formularme hasta a mí misma. Como sociedad tenemos que aprender y aceptar que todos los individuos somos distintos, y ver esas diferencias desde un mismo lugar, igualitario, es lo que creo que falta aún.

Mi última fracaso se proyecta en Malba Cine todos los sábados de febrero a las 20:00.