Irma y Carmo comparten un departamento, pero hay algo profundamente roto en su vínculo. El silencio, las frustraciones y los dolores que arrastran les impiden conectar. En una primera instancia, Ouro e Cinza puede pensarse como la historia de una relación madre-hija truncada; pero la película de Salomé Lamas se abre entonces a un segundo nivel tan audaz como intrigante. Un plano abstracto, de arquitectura inquietante, en el que estos personajes interactúan como conciencias, con una fluidez conceptual y una profundidad filosófica absolutamente improbables en la otra dimensión.