Esta es la historia de un amor infantil, casi adolescente, y es tan sencilla que es difícil transmitir su encanto. Lo cierto es que lo tuvo hasta volverse inolvidable para la generación que lo vio en el lejano momento de su estreno y lo tuvo también para quienes llegaron a verlo en sus pocas exhibiciones televisivas. La buena noticia es que lo conserva, y quizá el secreto esté en la solvencia con que acumula detalles puramente descriptivos para enriquecer su trama. Antes de que Melody y Daniel se reconozcan enamorados, el realizador se preocupa por mostrar sus respectivos entornos familiares (ambos proceden de distinta extracción social), los amigos que eventualmente serán cómplices de la relación, los paseos y juegos en una Londres que ya no era swinging, y, sobre todo, un establishment educativo agobiante en el que todavía eran usuales los castigos corporales.