“El vagabundo de Tokio es una invitación a la fiesta permanente de los 60, la contracara de los asesinatos, el napalm y la angustia, más indulgente con su amor pop por superficies y artefactos que con las ansiedades freudianas y los imperativos marxistas de su tiempo; nutrida no sólo del arte sino de la gramática de la publicidad; el nexo de libertad y manipulación que volvió tan seductora e inestable a su época” [Howard Hampton].
“El film empieza en blanco y negro, y no precisamente del modo más esperable para una película de gánsteres (un yakuza le pide a su rival que lo mate), y de pronto el protagonista mira hacia abajo y ve algo de color rojo. A partir de ese momento, la película es en colores. Y qué colores: el matón protagonista jamás se saca su traje celeste cielo ni sus zapatos blancos (¡ni siquiera en medio de paisajes nevados!), un boliche de música à go-go está bañado en una luz fucsia, un cabaret parece una pecera de tonos dorados y, en el momento en que se comete un crimen, el fondo puede pasar de rojo a blanco. Pero no es sólo cuestión de color: durante los títulos se oye una melancólica canción de acentos flamencos, canción que el protagonista se pondrá a cantar más adelante, en medio de una escena de acción. (…) Todo esto hizo Seijun Suzuki, sin haber visto jamás ni un plano de Pierrot, el loco” [Horacio Bernades, Página/12].
Ficha técnica
El vagabundo de Tokio (Tokyo nagaremono. Japón, 1966).
Dirección: Seijun Suzuki.
Con Tetsuya Watari, Chieko Matsubara, Ryuji Kita.
83’; 35mm
Imagen: © 1966 Nikkatsu.