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Exposiciones

Annemarie Heinrich, retratista
Por Paola Cortes-Rocca

Annemarie Heinrich abre su propio y modesto estudio en 1930 y se vuelve fotógrafa profesional. Se vuelve, entre otras cosas, retratista del star system local. Productora de un tipo particular de imágenes, el retrato de figuras públicas que son una herramientas central para la industria cultural porque inventan la figura del autor donde sólo habría objetos, novelas, libretos, partituras. La cámara de Heinrich habla de ese encuentro entre un rostro, una gestualidad y la construcción de ese artefacto que es el actor, la escultora, la bailarina o el músico.

Sus retratos eran además fotografías que tenían un itinerario múltiple: devenían otra cosa, un dibujo en colores que se deformaba y multiplicaba en revistas y carteles, un instrumento de promoción que circulaba, con el sello del estudio, en las oficinas de productores y agentes, o una pieza coleccionable, en las manos de los admiradores que la recibían firmada. Hay una foto de la espectacular Dolores del Río, el pelo recogido, las cejas perfectas, las luces y las sombras subrayando la escultura de sus pómulos, el misterio de su escote. Al dorso aparece el sello del estudio de Heinrich y al pie, está la dedicatoria a la “espléndida fotógrafa Annemarie Heinrich” y la firma de la diva. La foto sintetiza la complejidad de este tipo de imagen que es el retrato de personalidades públicas: entre su ser para la duplicación y la pieza única, entre la captura de la distinción de la diva y los lugares definidos siempre de antemano por el mercado cultural. Habla, también, de otros lazos tan intensos como invisibles entre el cuerpo –de la retratada y de la fotógrafa– y la firma –de la retratada y de la fotógrafa–. O, dicho de otro modo, la imagen señala las condiciones que la hacen posible como imagen y que se dejan leer como un sello en el reverso de la estampa o como una rúbrica en los márgenes de los esplendores del espectáculo.

Al igual que otros retratistas contemporáneos, como Cecil Beaton, Irving Penn o Richard Avedon, la espléndida Heinrich aprendió a poner en suspenso estas diferentes modalidades que articularían visión, contexto, lectura, es decir, un género como el retrato público o privado. Todo el que posa para su cámara deviene parte de un cuadro que trabaja con la sintaxis compositiva de las vanguardias que inauguraron el siglo XX y los elementos de la sofisticación y el glamour de la industria cultural. Al recorrer los retratos de Heinrich no se advierte una diferencia radical entre las fotos de sus hijos, conocidas y clientas particulares y las imágenes de intelectuales, divas y personalidades del mundo del teatro y la danza. Quien entra al estudio, se vuelve un ícono, engalanado por el retoque minucioso que espesa las pestañas o ajusta las siluetas. Annemarie Heinrich hace del procedimiento constructivo de Cartier-Bresson, la captación del momento preciso, un núcleo de su estilo como retratista. El momento preciso es, en ella, el gesto preciso, la expresión exacta que funciona como condensación metonímica, un rasgo de estilo que actúe como emblema visual del personaje, la mirada arrabalera de Tita Merello, la pose exuberante de Tilda Thamar, el flequillo de Berta Singerman.

Texto leído durante la presentación del libro “Annemarie Heinrich. Intenciones secretas”, realizada en MALBA el jueves 11 de junio de 2015.

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