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Jorge Luis Borges: el ojo, la imagen y la fotografía

Al promediar el siglo diecinueve, se habló por primera vez de fotografía pictórica (Pictorial Photography); la conjunción de esas dos palabras incompatibles tiene que haber sido para la gente un escandaloso oxímoron, análogo a la música callada de San Juan de la Cruz o a los nightmares of delight de Chesterton. ¿Cómo admitir una rivalidad o una alianza de la eterna pintura y de la advenediza fotografía, cómo suponer que una armazón furtiva y endeble, servil como un espejo y mimética como un mono, incapaz de omitir o de preferir, pudiera amenazar la supremacía del ojo humano, de la diestra humana y del ya legendario pincel de Apeles, tanto más admirable cuanto más perdida su obra? El debate, enunciado así, admitía una sola contestación que era costumbre formular con palabras irónicas o coléricas.

Ahora sabemos o sentimos, aunque seamos incapaces de precisarlo, que el planteo encubría una falacia, que urge sacar a la luz y exponer. Curiosamente, la recta solución del problema está sugerida en una sentencia de la Religio Me- dici (1624) de Sir Thomas Browne; en ella se lee: “Todas las cosas son artificiales, porque la naturaleza es el arte de Dios”. Sustituyamos a la palabra Dios, hoy muy comprometida, las palabras espíritu, ímpetu vital o voluntad (en el sentido que Schopenhauer y Bergson dan a estas últimas) y quedará borrada la oposición de natural y artificial, de órgano y de instrumento. Comprenderemos que el espíritu, empeñado en su milenaria tarea de explorar o crear el universo, formó los órganos sensibles y luego, por obra del cerebro, los instrumentos y las máquinas que son proyecciones de aquellos. El microscopio, el telescopio y la máquina fotográfica complementan el ojo humano. Helmholtz, hacia 1868, definió el ojo como un instrumento de óptica y denunció las deficiencias que en él se observan. Si el ojo es una suerte de cámara, ésta es inversamente una suerte de ojo y es irrazonable negarle participación en tareas estéticas. La cámara ve un poco más que el hombre que la maneja, detrás de una unción estética hay siempre una función documental.

Quién abomina de la máquina debería también abominar del cuerpo del hombre. Lo mismo habría que decir de aquel otro instrumento, el lenguaje.

Las razones que acabo de indicar corren el albur de parecer inútiles o superfluas; no olvidemos que fueron paradójicas cuando las pensó Samuel Butler, a fines del siglo pasado. Consideremos ahora esta antología de imágenes que tengo el privilegio de prologar. Quienes en otras regiones de América o en Europa vuelvan sus deleitables hojas sospecharán las delicadas pero muy verdaderas dificultades que Thorlichen ha debido vencer. Éstas son de orden psicológico, aunque también las hay de orden físico, ya que el territorio argentino es muy dilatado y, en ciertas zonas, harto incómodo y primitivo. Pocas regiones del planeta habrá menos visuales que ésta. Consideremos en primer lugar el caso de la pampa. Darwin observa (y Hudson lo corrobora) que esta llanura, famosa entre las llanuras del mundo, no deja una impresión de vastedad a quien la mira desde el suelo o desde el caballo, ya que su horizonte es el de la vista y no excede tres millas. Dicho sea con otras palabras: la vastedad no está en cada percepción de la pampa (que es lo que puede registrar la fotografía) sino en la imaginación del viajero, en su memoria de jornadas de marcha y en su previsión de otras muchas. La pampa no se da en una imagen; es una serie de procesos mentales. Lo mismo cabe decir de la abrumadora pero casi invisible grandeza de Buenos Aires, que ciertamente no es tal o cuál avenida o tal cuál paseo, sino nuestra conciencia de las desparramadas leguas y leguas de casas rectilíneas y bajas. Lo pintoresco es la excepción en este país y no lo sentimos como argentino. De ahí lo difícil de apresar en una limitada serie de imágenes estas realidades hurañas y casi abstractas, de ahí lo singular de la proeza que ha efectuado Thorlichen, con lucidez, pasión y felicidad.

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Texto de Jorge Luis Borges publicado originalmente como prólogo al libro de Gustavo Thorlichen La República Argentina, Buenos Aires: Nuestro Pabellón, 1958. Las imágenes que acompañan al texto son reproducciones de las páginas de ese mismo libro.  

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